domingo, 20 de noviembre de 2011

Otoño

8 comentarios:

Anónimo dijo...

METAMORFOSIS EN 2ª PERSONA

Sientes como amarillos y ocres apagados invaden tu existencia. Te desnudas despacio de la cálida belleza y color del estío. Cuando el sol brilla resplandeces radiante. Te vistes con tus mejores galas, y miradas de admiración comparten tu magnífico encanto. Tras el renovador y paciente letargo frío y gris, resurgirás fresca, verde y salpicada de cientos de colores, con tu traje de domingo. Con la absoluta certeza de que una y otra vez se producirá el milagro: ¡vuelves a enamorar!.

Anónimo dijo...

El otoño está

Después de más de veinte años en la ciudad desbordada, Almudena marchó un otoño a un pueblo pequeño, colgado en las faldas de una enorme montaña. Todo era nuevo, las dimensiones, la enorme sierra delante, la pérdida del anonimato que rodea en la ciudad, la lejanía de los amigos cercanos…. Cambió su trabajo, su casa, el horizonte…y cada mañana vivía la sorpresa de despertar junto a quien ella quería. Pero las montañas se pintaron de colores cálidos, llegaban muchos pájaros a pasar el invierno y
los frutos comenzaron a madurar. Todo cambia, pero siempre, cada otoño está.

Anónimo dijo...

En el mar no hay otoño

Todos tenemos alguna pasión, aunque algunos no la encuentran. La de Enric era clara. Su pasión era el mar. Nació a su lado y a su lado quería siempre estar. Cuando cumplió cuarenta, le pareció que había llegado a la mitad de su vida, y compró un velero. Decidió navegar. Dejó atrás su Europa, superpoblada, llena según él de falsos dioses y vertiginosas ambiciones. Estuvo dos años recorriendo cualquier océano, poniendo de cuando en cuando sus pies en tierra firme. Lo único que no le gustaba: que en el mar no hay otoño.

Anónimo dijo...

REFLEXIÓN

La lluvia caía mansamente;los días se iban acortando,y el atardecer,con su mágica claridad,invitaba a la reflexión y a la nostalgia.
María,contemplaba tras la ventana el bucólico paisajeque se ofrecía a su vista y que extrapolaba a su propia vida: su estricta educación "victoriana", su amor,truncado en plea nascencia,la ausencia de afectos,de entrega,de ilusión,sin proyecto de vida,sin continuidad,blancas las sienes....Y ,mientras,fuera la lluvia caía para todos.

Anónimo dijo...

O t O ñ O

Su efecto es cambiante en las personas - y las cosas -. Es bueno para los optimistas. Llueve y limpia la atmosfera. En las zonas boscosas los árboles dan estas preciosas variaciones de color admirable.
Pero otros se deprimen, vienen los catarros, los niños al cole, y tu a trabajar a tope.
En la empresa sientes que puedes ser objetivo de la próxima reducción de personal.
Acaban de hacernos una auditoría, y según te dejan saber, regular chico, regular. Empiezas a tomar somníferos. ¿Y si viniera a trabajar los sábados? algunos lo hacen y..... lo hacen notar a dirección.
Coño con el OTOÑO, no solo se cae la hoja.

Anónimo dijo...

ESTACIÓN DE PASO

Una tras otra caían las hojas, a cámara lenta. Blancas cuartillas donde la imaginación solo había dejado un reguero de manchitas negras sin conexión ni sentido . Anodino y aburrido, observaba la distancia entre la mesa donde se amontonaban hasta donde la caprichosa gravedad las dejaba esparcidas. Al contrario de otros novelistas, el otoño, era para él, la estación donde el tren de la inspiración pasaba de largo. Reflejada su silueta en el cristal, el ventanal enmarcaba el dorado paisaje otoñal.

Anónimo dijo...

Evocación
Otoño evoca una canción: “Septiembre contigo el otoño llegó… “y pisar hojas caídas un poco húmedas y ramas desnudas que dejan ver el bosque y lo que escondía: el río, la torre, el alminar. Los primeros fríos, calcetines largos y falda corta. Calles vacías y olor a picón. El mundo se vuelve ocre, presagio de oscuridad, de días cortos y noches largas, de apagados atardeceres y grandes nubes navegando en el ocaso ¡Qué lejos me ha llevado este “otoño”¡

Anónimo dijo...

BOTÁNICA

Dejo los apuntes de Botánica porque tengo inglés a las 7. El cruce de San Francisco Javier con Eduardo Dato a esta hora es un hervidero: coches, autobuses, gente de compras, los naranjos cargaditos de naranjas amargas. Termino la clase de inglés y sin pasar por casa me voy a la parada del autobús porque a las ocho y media he quedado en Las Columnas: otro hervidero, pero aquí más cosmopolita con mucho estudiante americano con las carpetas bajo el brazo. Y más naranjos, iluminados por las farolas del barrio de Santa Cruz y confundidos entre el humo de los autobuses esperando a ralentí en el Archivo de Indias y de los puestos de castañas asadas.

Me gusta recordar los atardeceres del otoño sevillano de mis veinte años.

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